Era aproximadamente ya la media noche cuando aquella niña de belleza insólita recorría las solitarias y empapadas calles de aquella ciudad sombría en busca de refugio contra la implacable lluvia que caía sobre ella.
No pasaría de los dieciséis años de edad, su cabello largo era negro y quebrado, su piel como la porcelana, sus labios perfectos estaban lilas en lugar de rosados a causa del frío, las mejillas pálidas y delgadas debido a la mala alimentación y sus hermosos ojos cenizos color malva se veían cansados; pero a pesar de todo esto, ella seguía siendo hermosa, la más hermosa de todo el país. Un relámpago la sobresaltó e instintivamente protegió su hinchado vientre de nueve meses; hacía siete meses había salido de su hogar por causa de su embarazo, su castidad seguía intacta, pero era imposible de creer que fuera virgen estando embarazada. La joven lanzó un grito de dolor, el bebé ya venía. Cayó y se retorció en l suelo, respiró agitadamente mientras a rastras lograba ocultarse de la lluvia; pudo llegar a un callejón y ahí empezó a dar a luz, sus gritos se podían oír por toda la calle, y aun así nadie venía en su ayuda, después de todo “ella era una perdida” ante las demás personas.
Por fin logró tener a su bebé, una hermosa niña de piel pálida, cabello color plata y los profundos ojos vivos capaces de ver hasta lo más profundo del alma, la madre sostuvo a la pequeña llena de sangre, cortó el cordón umbilical con un vidrio roto, rompió sus vestido para cubrir a su bebé, con aquel amor tan cálido y protector que solo una madre puede dar, la criatura la miraba fijamente, como si supiera quien la sostenía. La madre protegió a la pequeña ante la tempestad y en los labios de la pequeña se dibujó una cálida sonrisa de agradecimiento.
Así pasó la noche y pronto la pequeña, que no había dejado de mirar a su madre desde el momento en que nació, escuchó que los latidos del corazón de la joven eran cada vez más débiles, pudo sentir como iba perdiendo el calor ese cuerpo pero que aún así no dejaba de cantarle con su preciosa voz una canción de cuna. La última nota de aquella triste y dulce canción se llevó el último aliento de aquella pobre joven, la criatura frunció el ceño, preocupada, derramó una lágrima y pensó solemnemente Eileen…
jueves, 25 de junio de 2009
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